Un patrón predice los acordes de casi cualquier canción pop
Cuatro acordes, cuatro órdenes, un sinfín de canciones. Por qué I–V–vi–IV funciona tan a menudo, cómo llevar la progresión a cualquier tonalidad y cómo reconocerla de oído.
Maik Krohm
Cuatro acordes, muchísimas canciones
En una tonalidad mayor los siete grados producen siete acordes. Cuatro de ellos sostienen la mayor parte de la música popular: el primer grado (I), el cuarto (IV), el quinto (V) y el sexto (vi). En do mayor son do, fa, sol y la menor. Con ellos se forman cuatro órdenes que se oyen una y otra vez.
El más conocido es I–V–vi–IV: do–sol–lam–fa. Empieza estable, pasa a la dominante, cae en el relativo menor y vuelve por la subdominante. También están muy extendidos vi–IV–I–V (lam–fa–do–sol, los mismos acordes leídos desde el sexto grado), I–vi–IV–V (la llamada progresión de los cincuenta) y I–IV–V–I, la más sencilla de todas.
Que sean tan pocos tiene una razón estructural. I, IV y V contienen juntos las siete notas de la escala; cualquier melodía en esa tonalidad se puede acompañar con ellos. El sexto grado es el relativo menor del primero y comparte dos de sus tres notas: puede sustituir a la tónica sin perder coherencia, pero aporta otro color. Para acompañar canciones, en realidad no hace falta más.
Por qué funciona
La progresión lleva incorporada una curva de tensión. La tónica es reposo, la dominante genera tirón de vuelta a la tónica, el relativo menor aporta un ensombrecimiento y la subdominante abre el espacio sin fijar una dirección. Tocada en bucle produce un movimiento que nunca llega del todo y que por eso se puede repetir indefinidamente: exactamente lo que necesita una canción pop.
En segundo lugar, las distancias de conducción son cortas. De do a sol se mueve una sola nota en una armonización a cuatro voces; de sol a lam, igual; de lam a fa, otra vez. Esa marcha por pasos pequeños explica también por qué la progresión resulta tan cómoda en la guitarra: las posturas comparten dedos y algunas notas simplemente se quedan donde están.
En tercer lugar, es independiente de la melodía. Como I, IV, V y vi cubren entre todos las notas de la escala, prácticamente cualquier melodía diatónica encaja encima. De ahí los popurrís conocidos en los que se cantan una docena de canciones sobre el mismo bucle: no es plagio, es una propiedad del sistema.
Llevarla a cualquier tonalidad
La progresión se memoriza en cifras de grado, no en nombres de acordes. I–V–vi–IV es la misma progresión en cualquier tonalidad; solo cambian los nombres. Para trasladarla hace falta la escala de la tonalidad de destino y contar: en sol mayor, I–V–vi–IV son sol, re, mi menor y do. En re mayor son re, la, si menor y sol.
Un camino más rápido pasa por el círculo de quintas. El primer, cuarto y quinto grado de una tonalidad están allí uno al lado del otro: la tónica en el centro, la subdominante a la izquierda y la dominante a la derecha. El sexto grado queda dentro, bajo la tónica, como relativo menor. Con el círculo en la cabeza se leen los cuatro acordes de cualquier tonalidad en dos segundos, sin contar.
Para la guitarra hay una tercera vía: la cejilla. Se aprende la progresión una vez en do y otra en sol, y con esas dos posturas más cejilla quedan cubiertas todas las tonalidades. Por eso los cancioneros están tan a menudo escritos en do y en sol.
En la práctica: reconocerla de oído
Al escuchar se procede en tres pasos. Primero, encontrar la tónica tarareando hasta que una nota se sienta como «casa». Segundo, oír si el segundo acorde tira hacia arriba o se abre: si va a la dominante genera tensión; si va a la subdominante abre sin apremiar. Tercero, atender al momento menor: en casi todas estas progresiones hay exactamente un acorde menor, y ese es el sexto grado.
Un ejercicio que cala enseguida: toma tres canciones que conozcas bien y busca en el instrumento solo el primer y el segundo acorde. Nada más. Tras veinte canciones se reconocen los patrones, porque los mismos dos movimientos se repiten sin cesar.
Como material de práctica de dominio público sirven las canciones populares con cifrado: casi todas se apoyan en I, IV y V, y se puede probar a poner el sexto grado donde estaba la tónica. En «Auld Lang Syne» la versión con el relativo menor suena de inmediato más moderna: la misma melodía, otra armonización.
Errores frecuentes y los límites
Confundir las cifras de grado con los nombres de acordes. Los números romanos designan el grado, no el acorde; en mayúscula indican mayor y en minúscula menor. Así que «vi» es siempre un acorde menor, sea cual sea la tonalidad. Quien memoriza Do–Sol–Lam–Fa solo sabe tocar la progresión en do.
Tomar la progresión como receta. Explica buena parte del acompañamiento de canciones, pero no todo. En cuanto entran dominantes secundarias, subdominantes menores o modulaciones, el esquema deja de servir, y justo ahí es donde la música se vuelve interesante.
Querer oírlo todo en modo mayor. Muchas canciones están en menor y usan los grados correspondientes: i–VI–III–VII es la versión menor del mismo movimiento. Con solo la progresión mayor en la cabeza no se encuentra la tónica y se busca en el sitio equivocado.
Ignorar el bajo. Los mismos cuatro acordes suenan completamente distintos si el bajo no toca la fundamental. Do–Sol/Si–Lam–Fa es una línea de bajo descendente sobre la misma progresión y resulta de inmediato más convincente. Quien conoce la progresión pero no el bajo oye la diferencia y no puede nombrarla.