Armonía – el sonar juntas
Mientras que la melodía es el suceder de las notas una tras otra, la armonía es su simultaneidad. Surge en cuanto varias notas suenan juntas, y decide el color, el estado de ánimo y, sobre todo, la tensión y la resolución de una obra. La armonía es el pilar que da a la melodía sostén, profundidad y dirección.
Del intervalo al acorde
La unidad armónica mínima son dos notas que suenan al mismo tiempo – un intervalo. Ya aquí se decide el tono básico de la sensación: algunas combinaciones resultan tranquilas y coherentes en sí (consonantes), otras llenas de fricción y reclamando continuación (disonantes). Ninguna es «mejor» – la música vive justamente de la alternancia: la disonancia genera tensión, la consonancia la resuelve.
Cuando suenan juntas tres o más notas se habla de un acorde. El ladrillo básico es el tríada: una fundamental, encima la tercera y la quinta. Que la tercera sea «mayor» o «menor» decide quizá la diferencia de color más importante de la música – mayor o menor.
Mayor y menor
El modo mayor suena para la mayoría de los oídos claro, abierto, a menudo alegre; el menor, más oscuro, más suave, a menudo serio o melancólico. La diferencia está en una sola nota: la tercera del acorde, que en menor se sitúa un semitono más abajo. Que un desplazamiento tan pequeño tenga un efecto tan grande es uno de los hechos más asombrosos de la música. Importante: esta asociación – mayor «alegre», menor «triste» – es una regla aproximada, no una ley. Innumerables obras la desmienten; lo decisivo es siempre el contexto.
Reposo, tensión, resolución
Los acordes no se sitúan uno junto a otro sin relación – tienen funciones dentro de una tonalidad. Tres papeles bastan para comprenderlo: la tónica es el hogar, el punto de reposo hacia el que todo tiende. La dominante genera tensión y reclama casi el regreso a la tónica. La subdominante conduce lejos del reposo y prepara esa tensión. De esa tríada de funciones – alejarse de casa, crear tensión, volver a casa – está construida gran parte de toda la música, desde la tonada popular hasta la canción pop.
Las frases de la armonía
Así como las notas se vuelven melodías, los acordes se vuelven progresiones de acordes (cadencias). El giro conclusivo clásico subdominante – dominante – tónica actúa como una frase que termina con sentido; el oído siente un verdadero final. Con unos pocos de estos ladrillos se pueden acompañar canciones enteras – no en vano muchas canciones pop se apañan con un puñado de acordes recurrentes. El círculo de quintas muestra con claridad qué acordes están próximos a una tonalidad y por eso encajan especialmente bien entre sí.
Cómo actúan juntas armonía y melodía
Armonía y melodía no son un uno-al-lado-del-otro, sino un uno-con-el-otro. La misma melodía puede colocarse sobre distintos acordes y cambiar por completo su carácter – una nota que sobre un acorde mayor suena clara y satisfecha puede, sobre un acorde menor, resultar de pronto anhelante. A la inversa, la armonía determina qué notas de la melodía se sienten como «adecuadas» y en reposo y cuáles como cargadas de tensión: una nota que pertenece al acorde que suena en ese momento resulta distendida, una nota ajena al acorde genera una fricción que reclama continuación. Ese juego de notas del acorde y notas de paso es uno de los medios de expresión más finos que existen – y la razón por la que una misma melodía puede contarse de nuevo cada vez en armonizaciones distintas.
Escuchar la armonía de forma consciente
No hace falta saber nombrar acordes para oír la armonía. Basta con atender a dos sensaciones: ¿el momento se siente como tensión que empuja hacia adelante, o como reposo que llega? Y: ¿el color es más bien claro (mayor) u oscuro (menor)? Quien mantiene esas dos preguntas en marcha al escuchar percibe, tras poco tiempo, el vaivén armónico de una obra – y entiende por qué un pasaje conmueve, tensa o alivia.
Más que tríadas
El tríada es el ladrillo básico, pero la armonía solo se vuelve realmente rica gracias a las ampliaciones. Si a un tríada le añades otra nota a distancia de tercera, surge un acorde de séptima – llamado así por el intervalo de séptima entre la nota más grave y la más aguda. El más importante de ellos es el acorde de séptima de dominante: se asienta sobre la dominante y contiene una disonancia enérgica que reclama casi la resolución en la tónica. Se puede oír – ese acorde suena «inacabado», quiere seguir. Es justamente esa fuerza de atracción incorporada la que lo convierte en el motor de innumerables giros conclusivos, de Bach a la canción pop de hoy.
Los acordes de séptima y otras ampliaciones (novena, oncena) son la razón por la que el jazz y la armonía moderna suenan mucho más coloridos que una escritura de puros tríadas: cada nota añadida aporta un nuevo matiz de tensión entre los polos del reposo y del impulso.
El mismo acorde, otro efecto
Un acorde no tiene por qué sonar siempre con su fundamental abajo. Si colocas otra nota del acorde en el bajo, se habla de una inversión. Las notas siguen siendo las mismas, pero el efecto cambia de forma perceptible: una fundamental en el bajo resulta estable y firme, una inversión más fluida y menos definitiva. Los compositores lo aprovechan para conducir una línea de bajo con suavidad – de modo que el bajo se mueva en pequeños pasos, en lugar de saltar en grandes intervalos de fundamental en fundamental. Para el oído surge así un cimiento blando y cantable, aunque las armonías en sí permanezcan iguales. Quien atiende a la voz más grave al escuchar descubre a menudo una pequeña melodía propia en el bajo.
Del qué al cómo
El ritmo, la melodía y la armonía determinan qué suena. Con qué fuerza o delicadeza suena lo da forma el siguiente pilar.